Jorge Agudelo Apreza y las obligaciones dinerarias que persiguen a quienes quieren gobernar

 

Una posible deuda superior a los $20.000 millones aparece entre las líneas de investigación sobre la desaparición del excandidato a la Alcaldía de Santa Marta. En plena temporada de campañas, el caso obliga a plantear una exigencia ética: no todo vale para llegar al poder, y quienes aspiran a gobernar deben responder por el origen de los recursos que reciben y los compromisos que adquieren.

Por: José D. Pacheco Martínez

Empezó por rehusar y

 tuvieron que amenazarlo con la prisión.  

BORGES, “El proveedor de iniquidades Monk Eastman”.

 

El lunes 26 de octubre, a las 5:45 de la mañana, Jorge Luis Agudelo Apreza salió de su vivienda en Santa Marta y emprendió el viaje hacia Barranquilla para asistir a una reunión con un empresario. Hacia las 8:20 a. m. informó a su esposa que estaba llegando a la capital del Atlántico y, alrededor de las 10, le comunicó que estaba a punto de ingresar a la cita. Después de esa conversación, su familia perdió contacto con él. Desde entonces, las autoridades buscan establecer su paradero y esclarecer las circunstancias de su desaparición.

En la reconstrucción de sus últimos movimientos también apareció una transacción, registrada a las 12:52 del mediodía, en un establecimiento comercial de Barranquilla, realizada con una tarjeta de crédito de su esposa. Aún no se ha establecido quién efectuó la compra ni si ese movimiento guarda relación con lo ocurrido.  Mientras el Gaula y los investigadores revisan cámaras de seguridad y recogen información, el Distrito de Santa Marta anunció una recompensa de hasta $50 millones por datos que permitan encontrarlo.

Pero en medio de la búsqueda surgió una información que lleva el caso a un terreno incómodo para la política regional. Hoy Diario del Magdalena publicó que los investigadores examinan, entre otras hipótesis, la posible existencia de compromisos económicos extrabancarios superiores a los $20.000 millones que Agudelo habría adquirido con prestamistas de la región.  (Ver noticia: https://hoydiariodelmagdalena.com.co/archivos/1312532/deudas-con-prestamistas-y-un-eventual-secuestro )

La noticia corre mientras Santa Marta observa otro movimiento, esta vez a plena luz del día: el de quienes comienzan a preparar sus aspiraciones a cargos de elección popular. Aparecen nombres, fotografías, mensajes, reuniones, equipos de comunicaciones y publicidad que empieza a ocupar espacios físicos y digitales. Hay asesores que diseñan estrategias, profesionales que administran redes, anuncios que circulan en medios y encuentros organizados en establecimientos privados. La ciudad conoce ese despliegue, aunque todavía no siempre conozca quién está pagando la cuenta.

En el circuito político samario no es ningún secreto que contratar asesoría electoral, consultoría estratégica y comunicación profesional cuesta dinero. También se conocen las tarifas de la publicidad en prensa, los valores de las pautas digitales, los gastos de producción y la logística que implica organizar eventos. No hace falta inventar una cifra para entender la dimensión de esa operación: basta observar la cantidad de servicios que requiere una campaña sostenida.

Y, sin embargo, mientras la actividad se hace visible, el origen de los recursos no parece ocupar el mismo espacio en la conversación pública. Muy pocas personas en Santa Marta pueden sostener durante meses, con patrimonio propio, una estructura que combine asesores políticos, consultores, comunicadores, diseñadores, producción audiovisual, pauta y organización de eventos.

Por eso, cuando un aspirante despliega semejante operación, la pregunta resulta inevitable: ¿paga con recursos personales, recibe aportes, contrata créditos o alguien financia directamente parte de sus actividades? ¿Los servicios se facturan o se entregan como contribuciones en especie? Hasta ahora, no se conoce una explicación pública suficiente de los aspirantes locales que permita entender quién sostiene económicamente sus proyectos.

Esa pregunta también alcanza a los medios de comunicación no solo en Santa Marta. En una ciudad donde la pauta puede comprar visibilidad y la repetición de un nombre ayuda a instalarlo en la conversación pública, es necesario distinguir entre publicidad contratada, cobertura periodística, entrevistas, contenido patrocinado y promoción presentada como información. Cada modalidad tiene una naturaleza distinta, pero todas pueden contribuir a posicionar una aspiración.

La ciudadanía tiene derecho a saber cuándo está viendo una pauta pagada, quién la contrata y si detrás de una presencia mediática constante hay una estrategia financiada por terceros.

Hay otra zona que merece vigilancia: la relación entre las instituciones públicas y privadas, sus presupuestos de comunicación y la promoción de figuras políticas. Las entidades públicas contratan publicidad institucional, divulgan resultados y mantienen relaciones con medios; las empresas privadas también deciden dónde pautar y qué actividades patrocinar. Esas operaciones pueden tener fines legítimos, pero no deben convertirse en mecanismos encubiertos para impulsar candidaturas.

La ley colombiana prohíbe determinadas formas de propaganda electoral con recursos y medios oficiales, así como el uso del cargo para presionar respaldos políticos.  No afirmo que los aspirantes que hoy se mueven en Santa Marta estén recibiendo financiación irregular, ni que cada pauta o evento responda a un acuerdo oculto. Precisamente, lo que falta es información pública suficiente para evaluar cada caso con seriedad.

Pero la ética política exige que quien aspira a gobernar pueda explicar quién financia su operación, de dónde provienen los recursos y qué condiciones acompañan los aportes. No basta con cumplir formalmente los trámites electorales: también hay que prevenir que las relaciones económicas terminen condicionando las decisiones que después deberán tomarse desde una alcaldía, una gobernación o una corporación pública.

Porque el dinero no siempre termina siendo únicamente dinero. Puede traer expectativas, lealtades y compromisos que no aparecen en los discursos de campaña. ¿Qué ocurre si quien financia a un aspirante tiene contratos con el Estado, negocios sujetos a decisiones administrativas o intereses en proyectos que el futuro gobernante podría aprobar o vigilar? No hay que presumir que eso haya sucedido para exigir respuestas. La transparencia sirve justamente para identificar posibles conflictos antes de que se conviertan en problemas.

 Quien solicita el voto debería poder explicar esos vínculos sin esperar a que una investigación los ponga bajo examen. El caso de Agudelo vuelve más urgente esa conversación, pero exige prudencia. La información publicada relaciona posibles préstamos extrabancarios con las líneas que investigan las autoridades; todavía debe establecerse si existieron esas obligaciones, quiénes serían los acreedores y si hay alguna conexión con su desaparición. Una deuda, por sí sola, no demuestra un delito, y no corresponde convertir a los posibles prestamistas en culpables sin pruebas.

Lo que sí corresponde es preguntarse por qué la financiación política puede alcanzar magnitudes millonarias sin que la ciudadanía conozca claramente su origen, sus condiciones y sus consecuencias. La exigencia debe comenzar ahora, cuando las campañas todavía se están construyendo. Que cada aspirante explique quién paga sus equipos de comunicaciones, sus asesores, la publicidad y los eventos; que distinga sus recursos personales de los aportes de terceros, identifique los créditos y cumpla las obligaciones de reporte establecidas por la ley. Que los partidos y movimientos hagan las preguntas antes de otorgar avales, y que los medios distingan con claridad la información periodística de los contenidos pagados.

No es una petición de cortesía: es una exigencia de responsabilidad para quienes quieren administrar los recursos y las decisiones de todos. En Santa Marta, las campañas se ven, los anuncios circulan, los eventos se organizan y los equipos trabajan; lo que la ciudadanía no debería tener que adivinar es quién paga por todo ello. Quien pretende gobernar debe explicar cómo financia su llegada al poder, porque la transparencia no puede empezar después de ganar ni la independencia pública depender de quién puso el dinero.

Pero, primero, para el bienestar de su familia, que aparezca Jorge Agudelo y que las autoridades esclarezcan lo ocurrido. 


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