Mientras Carlos Pinedo Cuello baila al ritmo que le toquen desde Bogotá, la ciudadanía sigue soportando las consecuencias de su maleabilidad discursiva. Por eso, no se trata de exigirle al alcalde una oposición permanente al Presidente de turno, gestionar ante la Nación es una obligación institucional. Lo exigible es elemental: criterio propio, defensa argumentada de los proyectos distritales y capacidad para explicar por qué una política debe sostenerse, corregirse o abandonarse.
Por
José D. Pacheco Martínez
Hay
una pregunta que Santa Marta debería hacerse sin pasiones partidistas:
¿existe una agenda de ciudad sustentada en evidencia, planeación y continuidad
institucional, o cambia el diagnóstico cada vez que cambia el poder nacional?
Durante
el gobierno Petro, Carlos Pinedo respaldó públicamente sus principales apuestas
para la ciudad. Hoy, frente al nuevo escenario político nacional, adopta un
lenguaje distinto y se acomoda a otras prioridades. El problema no es que
dialogue con gobiernos diferentes. El problema es que resulta cada vez más
difícil identificar una política distrital que permanezca cuando cambia el
ocupante de la Casa de Nariño.
Mientras
el discurso oscila, los problemas permanecen. La ciudadanía sigue esperando
soluciones al agua, la inseguridad y el rezago institucional que ninguna
administración nacional ha logrado resolver. Por eso, no se trata de exigirle
al alcalde oposición permanente ni lealtades ideológicas. Lo exigible es algo
más básico y más importante: criterio propio, sustento técnico y capacidad para
defender los intereses de la ciudad incluso cuando estos no coincidan con los
del Gobierno Nacional de turno.
La
función pública exige decisiones motivadas, no adhesiones coyunturales. En
agosto de 2024, Pinedo afirmó que confiaba en la voluntad del Gobierno Petro y
que estaba convencido de que su administración marcaría un antes y un después
en la historia del agua de Santa Marta. No era una expectativa menor. Era una
apuesta pública del mandatario local, presentada como una oportunidad histórica
para convertir décadas de diagnósticos en soluciones.
Un
año después, durante los actos de los 500 años de la ciudad, el Gobierno Nacional
anunció inversiones por 1,2 billones de pesos para agua y saneamiento,
incluidas desalinizadoras. El Distrito acompañó esos anuncios y contribuyó a
generar expectativas entre los ciudadanos. Sin embargo, los anuncios siguen sin
traducirse en soluciones definitivas. Y cuando cambió la posición del Gobierno Nacional
frente a las desalinizadoras, también cambió el discurso local.
La
seguridad ofrece un ejemplo similar. En julio de 2025, Pinedo respaldaba la Paz
Total, expresaba confianza en sus resultados y ofrecía acompañamiento
institucional. Después del paro armado, del deterioro de la seguridad en la
Sierra Nevada y del aumento de la preocupación ciudadana, el discurso cambió
radicalmente. La estrategia pasó de ser una apuesta respaldada por el Distrito
a convertirse en una política fallida.
Rectificar
no es el problema. De hecho, los gobernantes deben corregir cuando los hechos
contradicen las expectativas. Lo cuestionable es que las rectificaciones
parezcan coincidir siempre con los cambios del clima político nacional y rara
vez con la presentación pública de estudios, evaluaciones o argumentos técnicos
propios.
Ahí
está la discusión de fondo. Cuando las desalinizadoras eran la solución, el
Distrito las acompañaba y cuando dejaron de serlo, el Distrito aceptó la nueva
orientación. Pero la ciudadanía nunca recibió una explicación suficiente. Si el
proyecto era técnicamente inviable, Santa Marta tenía derecho a conocer sus
debilidades. Si era viable, el alcalde tenía el deber de defenderlo. Y si
existe una alternativa superior, esta debe compararse públicamente y
sustentarse con evidencia.
Gobernar
no consiste en seguir la dirección del viento político. Gobernar implica
explicar, justificar y asumir posiciones. La presencia de samarios en cargos
nacionales tampoco debería confundirse con resultados. Durante el gobierno
Petro hubo representantes de la ciudad con capacidad de interlocución y se
generaron enormes expectativas sobre su influencia. Sin embargo, el agua sigue
sin resolverse y la inseguridad continúa siendo una preocupación central para
miles de ciudadanos.
Ahora
se repite un fenómeno parecido con el gobierno de De la Espriella. La cercanía
política puede facilitar puertas de entrada en Bogotá, pero no reemplaza las
obras, las inversiones ejecutadas ni las soluciones verificables. La historia
reciente demuestra que las fotografías, los nombramientos y los anuncios
producen titulares; pero la verdad es que los resultados son los que
transforman ciudades.
La
función pública exige una ética distinta. El alcalde no le debe lealtad al
presidente de turno. Le debe lealtad al interés general, a la evidencia, a las
instituciones y a los ciudadanos que lo eligieron. Santa Marta no puede seguir
gobernándose según el péndulo nacional. El agua no cambia porque cambie el
Presidente. La violencia tampoco. Lo que debería permanecer es una agenda
técnica, transparente y consistente para resolver ambos problemas.
Cuando
un gobernante modifica su discurso cada vez que cambia el poder nacional sin
explicar con claridad por qué cambió la evidencia que sustentaba sus
decisiones, lo que se debilita no es únicamente su narrativa política. Se
debilita la confianza pública.
Y
mientras los dirigentes ajustan el discurso a la nueva melodía del poder, los
samarios siguen esperando que alguien resuelva la partitura pendiente del agua
y la seguridad.
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